"Las palabras se las lleva el viento..."

sábado, 17 de diciembre de 2016

Las 4 estaciones.

Este año me tocó conocer a las estaciones. Vinieron en un orden atípico, y disfrazados. Solo ahora que las vi a todas, solo ahora que acaba el año, las he reconocido.

Primero fue el verano, cuyo sol llevaba brillando desde hacía tiempo, y por eso, su calor me estaba ahogando. Me iluminó mientras destruía poco a poco todo, secando lo que planté con su brillo. Y aunque mil noches le pedí al cielo que lloviera y terminara esta estación, fue extraño cuando finalmente ocurrió y vi como sus rayos menguaban, su temperatura se escurría entre mis dedos y mi piel, ya áspera, olvidaba sus caricias y cicatrices, como tal desierto eterno y profundo desaparecía en un agujero de arena que se colaba hacia la parte de abajo del reloj, estando en la de arriba.

Y en ese momento de alegre blanco, de reencontrarse en la pausa, me topé con los ojos azulados de la primavera. No se equivocaba el refranero pues, sin pretenderlo ninguno, la sangre alteró. La primavera brotó rápido, fue la más intensa y la que antes se desvaneció. Fue todo verde, azul, amarillo y naranja, fue frío y calor disparados, fue una bandada de pájaros, fue un concierto larguísimamente corto, fue un viaje inesperado, fue vivir el cuento... pero no el cuento que yo creía, ese no tocaba este año, así que también fue una excursión cancelada por lluvia, fue un puzzle al que le faltan piezas, fue un raspón en la rodilla, fue también negro y gris. Y, aunque este final sí dolió, siempre le estaré agradecida a la primavera y siempre la recordaré con una sonrisa.

La siguiente pausa fue muy larga y conforme más tiempo pasaba más desesperada me sentía por encontrar a la siguiente. Buscaba en todos los ojos rastros del otoño o el invierno, sospechando de cualquiera. No sabía entonces que el invierno es un maestro del disfraz y que al otoño le gusta aparecer y desaparecer, para que ni le olvides ni le des importancia, para alimentar la duda y no termines de saber si es él.

Por eso, al que primero vi fue al otoño, pero al que primero reconocí fue al invierno, ¡y menuda sorpresa! ¿Cómo pudo haber estado todo este tiempo delante mía sin que me diera cuenta? Y ahora que empiezo a descubrirle no puedo estar más intrigada. El invierno es el recuerdo de algo que nunca ha sido ni será, pero que ahí está, como si le hubiera conocido en otra vida y nuestras energías se reconocen. Sigo perpleja ante el hecho de haber tenido tamaña estación todo el tiempo ante mis ojos y sin que estos lo vieran, sigo sin saber qué es lo que veo, sigo sin saber cómo puedo desear contemplar cada copo de nieve sin sentir la necesidad de permanecer en su escenario. Es ilógicamente cómodo. Y nuevo, por lo que esconde una llave que todavía no tengo.

Todavía no entiendo muy bien al invierno y encima el otoño me juega a las escondidas. Creo haberle encontrado y desaparece, me olvido de él y ¡oh! ¡Es él! Pero ya no, ya se fue, y el maldito consigue dejarme con la duda siempre. Hoy he estado más cerca de cazarle, de conseguir saber si es él o me ha engañado con sus tonos pardos, sus vientos veletas y su lluvia de hojas marrones y doradas. Es la estación a la que menos conozco, puede que incluso la única en la que me equivoque, pero su descubrimiento me reveló todos los demás y sus apariciones son demasiado oportunas para darle el mérito a Casualidad. Y ya que el verano me dio valentía y fuerza, la primavera esperanza e ilusión, el invierno empieza a darme seguridad y siendo el único que me queda no es nada... ¡prepárate otoño que si puedes ser algo te atraparé!

Este año me tocó conocer a las estaciones, y aparte de aprender de cada una, descubrí algo más interesante...

Que yo puedo ser todas ellas.





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