"Las palabras se las lleva el viento..."

sábado, 28 de diciembre de 2013

Prólogo del prólogo.



Soy el principio de una historia que todavía no se ha escrito.

Protagonista de un relato que quizá nunca ocurra.

Alimentada de las aventuras de otros durante mi desarrollo, conservando los gritos de las almas guerreras a las que acompaño.

Es el principio de un intento, de una hazaña o de un fracaso.

Soy la clave de todo o la llave de nada.

Señora del fuego, resucitada por la lluvia.

Soy el alma más libre y la más encadenada.

El tiempo es dolorosamente lento y mortalmente rápido.

Mi destino no se ha escrito para bien o para mal. 

Lucho diariamente con armas invisibles, mis protectores son mis carceleros. 

Terriblemente invisible, futuramente leyenda.

Nacida con un origen equivocado, me arrancaron mis alas.

No te dejes engañar por mi aspecto, mi vida, la realidad puede ser distinta a la que se muestra.

Pues vivo soñando mi vida, atrapada en una pesadilla.

Está cerca pero está lejos.

Más de cien veces me han derrumbado y en todas ellas me he levantado. Soy fuerte pero el camino es largo y cada vez más empinado.

Soy toda dudas, toda miedos.

Pero una sola idea me empuja hacia delante y nunca rechazo:

Estoy dispuesta a morir intentándolo.

Soy el principio de una historia que todavía no se ha escrito, que jamás ha sido contada.

Guárdala en tus recuerdos, grábame en tu mente.

Puede que pronto puedas verme.








domingo, 24 de noviembre de 2013

La pequeña y joven hoja verde.






Un buen día, en una de las ramas de un verde abedul, nació una pequeña hoja verde.

La hoja verde crecía, alimentada por la savia de su árbol y la luz solar, mientras descubría el mundo que la rodeaba. Era una hoja muy inteligente, pero también muy curiosa. En su niñez, acosaba a sus mayores con preguntas cada vez más complicadas y extrañas, en sus ansias por saber más y más.

Cuando se convirtió en una saludable y joven hoja verde común, ya sabía todo lo que había que saber sobre su árbol y todo lo que a las hojas de abedul acontecía, por lo que ya no le interesaba.

Un día especialmente ventoso, y mientras jugaba con el viento que la mecía, se dobló lo suficiente para contemplar los árboles cercanos y el paisaje en general.

Se preguntó entonces cuántos tipos de árboles distintos existían, si esas hojas distintas tendrían la misma savia, qué sabrían del mundo, qué pensarían de las hojas verdes...

El tiempo pasaba y estas preguntas se hicieron cada vez más intensas en su mente. Las demás hojas, que ya empezaban a marronear, le reñían por estar más pendiente de esas tonterías que de lo verdaderamente importante.

Cuando una hoja verde llegaba a la mayoría de edad, estaba preparada para crear sus propias ramitas, donde más adelante crecerían las nuevas hojas que se considerarían su descendencia.

Todas las hojas verdes estaban orgullosas de sus ramas, a las que dedicaban toda su vida. Se esforzaban en crearlas fuertes y saludables, con un diseño que no desentonara entre las demás ramas del árbol.

Esto a la joven hoja verde no le gustaba nada. Ella no quería hacer ramas iguales a las demás, sino especiales, diferentes, creativas, que expresaran su forma de ser.

Y la idea de dedicar toda su vida a ese aburrido y común proyecto tampoco le entusiasmaba.

Las otras hojas ser rieron de ella y le prohibieron hacer su proyecto. Pronto todas la miraban con desprecio mientras ella se dedicaba a informarse, a través de pájaros e insectos, de las hojas que vivían en otras partes del bosque, sin interesarse lo más mínimo en crear unas ramas que todas las demás hacían.

Pronto, la idea de conocer a las hojas rojas de un árbol lejano al suyo, le empezó a obsesionar.

La noticia de que en ese árbol esas hojas creaban ramas totalmente propias y originales la entusiasmó por completo. Siempre que tenía la oportunidad averiguaba más cosas acerca de ese árbol y sus hojas que, cuanto más sabía de ellas, más las admiraba.

Le habló al resto de hojas verdes de aquel impresionante descubrimiento, pero no compartieron su ilusión.
Mientras que para ella era especial e interesante, las demás lo tacharon de raro y sobrante.

No tardaron en insultar a aquel árbol y sus hojas, tal y cómo hicieron con ella cuando empezó a pensar diferente al resto.

La joven hoja verde pensó que las demás trataban de un modo injusto a aquellas hojas rojas y se prometió a sí misma luchar por no ser como ellas.

Había nacido un sueño en su diminuto corazón: viajar al árbol rojo.

Sabía que las hojas podían viajar a lugares lejanos si se dejaban arrastrar por el viento, sabía también que luego no podían regresar pero no le importó. Empezó a prepararse para su gran viaje.

Las demás hojas la tacharon de lunática e infantil, le explicaron que solo unas pocas hojas entre millones conseguían sobrevivir al viaje y le hicieron ver que ella no era la hoja más grande, ni la que más savia tenía, por lo que era imposible que lo consiguiera.

La joven y pequeña hoja verde sabía perfectamente todas esas cosas, y no iba a negar la idea de desaprovechar su vida persiguiendo algo imposible la asustaba.
Pero la sola idea de rendirse sin intentarlo y pasar el resto de su vida haciendo algo que no le gustaba y preguntándose qué habría sucedido de haberlo intentado, la aterrorizaba.

Pese a su determinación, la constante insistencia de las otras hojas verdes de que no lo iba a conseguir mellaba profundamente su confianza y hacía que se planteara seriamente dejarlo, sumiéndola en profundas depresiones.

“Las hojas verdes solo se desprenden del árbol cuando se vuelven marrones, para morir” le recordaban a coro constantemente.
“He visto algunas hojas verdes llevadas por el viento, si ellas pueden yo también” contestaba la joven hoja verde sin pestañear.
“Una hoja verde no puede durar mucho sin su árbol” le recordaban en otras ocasiones.
“El poco tiempo que dure será mucho más pleno que el que me quede aquí, aunque viva cinco veces más” respondía tozuda con el corazón palpitándole con fuerza.

Finalmente, y después de mucho esfuerzo, muchos fracasos y muchas decepciones, llegó el día en el que el viento rugía fuerte y en la dirección adecuada.

A la joven y pequeña hoja verde le brillaron los ojos y empezó a temblar de nervios y emoción. Hizo acopio de todas sus fuerzas y se dobló para alcanzar el extremo de su cuerpo que la unía a su árbol.
Las demás hojas no se creían lo que veían ya que ninguna se le ocurrió que lo fuera a intentar de verdad. Pronto empezaron a gritarle que parara y que era una estupidez.
La pequeña hoja las oía pero no las escuchaba, seguía intentando con gran desespero arrancarse de la rama. El viento hacía difícil aguantar su posición y no tenía suficiente fuerza como para desprenderse.

Muerta de miedo al ver que su única oportunidad iba a pasar de largo, se irguió desesperada para pedir ayuda. Entonces comprendió que nadie iba a proporcionársela porque todas estaban intentando impedírselo o le gritaban que no lo podía conseguir, que se rindiera.

Las lágrimas recorrieron su rostro y se sintió profundamente desdichada. Su sueño estaba ahí delante, al alcance de su mano. Y solo por no ser apoyada por los demás, solo porque nadie quería ayudarla, nunca lo conseguiría.

Algo traído por el viento la golpeó en el estómago y la echó hacia atrás. Cuando lo contempló descubrió un pequeño trocito de una rama, una astilla alargada y con la punta puntiaguda…

Y no lo pensó.

Lanzando un grito de guerra, utilizó toda su fuerza para volver a erguirse y clavó aquella punta en su unión.

Las demás gritaron de espanto y ella de dolor cuando la astilla atravesó limpiamente casi toda la conexión de la hoja. Ella volvió a blandir el arma haciendo caso omiso de la savia que salía o del dolor que sentía y volvió a cortar una segunda vez…

Y se desprendió del árbol.

El cansancio, el miedo, el dolor, las dudas, todo quedó sepultado bajo la gran euforia que embargó a la pequeña hoja verde cuando se vio volando libre por los aires.

El viaje duró casi dos días completos de los que disfrutó al máximo cada segundo. Por supuesto la inseguridad de lo que vendría después la atormentaba a cada momento pero el saber que, después de todo lo luchado, había conseguido llegar tan lejos, ayudaba a borrar los temores de su corazón y le hacía sonreír inconscientemente.

Cuando ya empezaba a preocuparse por si iba en la dirección correcta, apareció el exuberante árbol rojo de sus sueños.

Era algo más pequeño que un abedul, pero mucho más exótico e impresionante. Contempló maravillada aquellas únicas y originales ramas, sintiéndose honrada de poder admirarlas en persona.

Con cuidado de no fallar, se agarró a una de esas geniales ramas para no seguir viajando a la deriva.

Observó a las hojas que la rodeaban y que, a su vez, la miraban a ella con notable curiosidad.
Vio el característico color rojo en todas ellas, sonrió y se desmayó.

Al día siguiente despertó algo mareada. Se frotó los ojos con sus manitas y observó a su alrededor.
Lo ocurrido el día anterior le vino súbitamente a la mente y se asustó al comprobar que se había soltado. Miró su conexión y vio que una ramita enroscada la unía a la rama, suspiró.

Las hojas rojas debían de haberla atado cuando se desmayó. Sonrió al comprender esto y se percató de que la hoja roja más cercana a ella, la que debía ser la creadora de la rama donde se hallaba atada, la miraba expectante.

“Hola” dijo tímidamente, la hoja roja y otras de alrededor la miraron extrañadas.
“Claro, las hojas de este árbol hablan otro idioma” recordó entonces. Afortunadamente, lo había estudiado gracias a sus amigos alados.
“Hola” repitió entonces pero con sonidos muy distintos. Las hojas rojas abrieron mucho los ojos y se miraron entre ellas.

La hoja verde esperó mientras su corazón latía con impaciencia.

“Hola” le contestó la hoja más cercana a ella. “¿Quién eres?” añadió despacio por si no la entendía.
“Soy una pequeña hoja verde” contestó ella tímida pero decidida.
“¿Qué haces aquí?” le preguntó otra hoja roja curiosa.
“Me solté de mi árbol para venir al vuestro” respondió causando sorpresa en las demás.
“¿Por qué?” dijeron varias mientras la miraban extrañadas.
“Quiero aprender de vosotras, me gustáis mucho… quiero ser quien soy”.

Aunque no todas comprendieron sus palabras, sonrieron.

Los días siguientes los pasó aprendiendo todo lo que una hoja roja debía saber y, a su vez, explicaba cómo eran las hojas verdes de las que no paraban de preguntarle.
Rápidamente hizo buenos amigos que compartían su manera de pensar y que se alegraban de que hubiera hecho a aquel viaje hasta su árbol.
Pero no todas las hojas rojas la aceptaban, había otras que no creían que estuviera bien que un árbol rojo tuviera una hoja verde y se negaban a tratarla como a una más.

Aun así, nada podía mermar la felicidad de la pequeña hoja verde que disfrutaba cada segundo en aquel lugar, agradeciendo hasta los más mínimos detalles, ganándose la ternura, amistad y cariño de aquellos que se permitían conocerla.

Conforme pasaba el tiempo, ganaba popularidad debido a su talento y creatividad. Se comportaba como una auténtica hoja roja y contaba con una gran familia que la había adoptado como a una más. Muchos pedían que empezara a crear ramas para poder disfrutar de su originalidad, y aunque ella se moría de ganas, otros no podían dejar de ver su color verde y se negaban en rotundo.

Pero el apoyo que tenía era enorme y finalmente, un grupo de hojas rojas influyentes, le permitieron empezar. Ella dejó su corazón en sus ramas y dejó asombrados tanto a las hojas rojas, como a los demás árboles del entorno.
A partir de entonces vivió como una hoja roja más, siendo admirada por su arte. Constantemente tenía que lidiar con otros que seguían sin aceptar que una hoja verde fuera importante para un árbol rojo. Pero ella siempre les trataba con amabilidad, aunque le doliera que no la respetaran solo por ser diferente (cosa que no había escogido), porque le recordaban a las hojas verdes de su antiguo árbol, a las que ya había perdonado.

Esta noticia voló por el viento, tal y como ella hizo, y pronto hojas de todos los colores y formas supieron de su hazaña y su pasión.

Incluso llegó a oídos de las hojas verdes de su abedul que no salían de su asombro.

                              …

El tiempo pasó y la pequeña hoja verde empezó a marronear. Su hora llegaba con antelación puesto que llevaba tiempo sin probar su savia.

Observó a las hojas rojas y recordó todo lo que había vivido con ellas. Lloró emotivamente, como cada vez que comprendía que había vivido su sueño.
Las hojas rojas también se percataron de que su singular hoja adoptiva empezaba a secarse y sus corazones se encogieron de tristeza.
No todas la habían aceptado como una igual, pero las que no lo habían hecho habían aprendido de ella verdaderas lecciones de vida.

La joven hoja verde, presintiendo que su fin se acercaba, llamó a todos aquellos que la habían apoyado y les agradeció uno por uno, incluyendo a sus amigos alados, las hojas que le apoyaban desde lejos e incluso a las otras hojas verdes.
Después se despidió de todos, incluso de aquellos que seguían despreciándola, deseándoles lo mejor.

Cuando terminó, las hojas rojas quisieron darle un último regalo:

Un fruto del árbol rojo.

Pudiera parecer simple, pero en cuanto la hoja verde lo tuvo en sus diminutas manitas no pudo contener las lágrimas. Ese fruto solo se otorgaba a las hojas rojas más importantes.

Agradeció de todo corazón este obsequio y respiró profundamente. Luego, lentamente, deshizo el nudo que la mantenía atada a su querido árbol.

La pequeña hoja verde planeó dulcemente, boca arriba, contemplando cómo sus amigas rojas se hacían cada vez más pequeñas. Su vista se fijó en sus ramas, esas que siempre quiso hacer, y que destacaban entre las demás del árbol de sus sueños. Siguió observando a las hojas rojas hasta que otras ramas entraron en su campo de visión. Hojas rosas, amarillas, azules, blancas… una explosión de colores y formas que saludaban a sus ojitos que ya empezaban a cerrarse.

Y por último, el cielo.

La pequeña hoja verde tocó suelo con esta última visión y comprendió una cosa:

Todas las hojas, sean del color que sean, miran un mismo cielo.

Las hojas rojas contemplaron como la joven hoja verde se iba para siempre, con la sonrisa más sincera que habían visto en sus vidas, y lloraron su pérdida.

                                                                       

Era otra mañana cualquiera en el exuberante árbol rojo. Una hoja dirigió su mirada a las ramas que la hoja verde hizo y se maravilló ante su obra, tal y como ella y las demás hojas hacían diariamente. Esa mañana, la nostalgia la embargó con mucha fuerza, y miró vagamente el lugar donde yació aquella hoja verde con su fruto rojo.

No pudo creer lo que vio.

Pronto alertó a las demás hojas que miraban también, incrédulas, el punto en cuestión.
Algunas lloraron, otras sonrieron, pero la gran mayoría hizo las dos cosas al mismo tiempo.

En el lugar donde sonrió por última vez la pequeña hoja verde, aquel donde expiró, había empezado a crecer un pequeño brote con dos hojas.

Una verde y otra roja.

                                                                                                      
                                                                                                                                                                  Fin.







jueves, 7 de noviembre de 2013

Y, de repente, un zorro...

Voy a escribir en esta nueva sección para comentaros o simplemente dejaros imágenes de cualquier tipo que creo que merezca la pena mostrar o que quiera subirlas tan solo.

Para estrenarla os traigo un dibujo que hice en clase a partir de una forma que vi en la mesa (el corazón triangular de la cabeza). Sin darme cuenta se fue convirtiendo un zorro, no pude evitar acordarme del zorro que aparece en "El Principito" y así quedó con una frase de este maravilloso libro al lado.



"Lo más importante es invisible a los ojos"

Perdonar que no lo edite, ni recorte. No tengo apenas tiempo para nada más, pero me alegra poder dejaros esta maravillosa frase.





domingo, 13 de octubre de 2013

Abarrotada, tiempo de no parar.





Ya os conté que mi vida no es, precisamente, tranquila. Tampoco ayuda que estoy llena de proyectos y pequeñas metas que junto a mis estudios y las academias amenazan con desbordarme.

El no encontrar tiempo para hacer todo lo que quiero hacer me frustra, especialmente los idiomas asiáticos que estudio por mi cuenta, ver series, leer y escribir.

Aún así, mi sentimiento de lucha también es más fuerte, aunque muchas veces pienso que debería prescindir de estas tres últimas actividades, no lo haré.

No voy a entrar en detalles ahora (de verdad que no tengo tiempo) pero intentaré hacerlo en breve, junto con una entrada hablando de mis gustos personales, para que entendáis mis futuras entradas.

Y sobretodo, un cuento que acabo de terminar (en mi lucha por no cesar de escribir), sobre una pequeña hoja verde, que espero disfrutéis.

¡Ánimo y buena suerte!




domingo, 22 de septiembre de 2013

El mayor de los peligros: La ignorancia.

El otro día, iba caminando con mis amigas por la calle, cuando la poca fe que tengo en la gente de este país se deshizo un poco más.

Fue en un paso de peatones, una de mis amigas y yo fuimos a cruzar respetando la indicación del semáforo, que en ese momento marcaba verde para los peatones, cuando ocurrió. 

Yo sentí una sensación extraña, como de peligro, y me quedé un poco rezagada observando como un coche se acercaba a nosotras a gran velocidad. Esto no tiene nada de particular, ya que todos los vehículos llegaban así y luego iban frenando hasta respetar el semáforo en rojo, pero algo en la manera de acercarse de éste en concreto no me gustó y me quedé quieta en medio de la carretera.

Conforme el coche se acercaba más y más, mi sentimiento de angustia se iba acentuando y un pensamiento me taladraba la cabeza: "No va a frenar, no va a frenar" mientras otra parte de mí me pedía que no fuera exagerada y que dejara un lado mi recelo natural ante los coches (debido a un accidente de tráfico que pasé en mi infancia).

Cuando mi instinto superó todos mis pensamientos y el coche estaba peligrosamente cerca, miré con horror a mi compañera que se encontraba en su camino ajena a la situación y comprendí horrorizada que no podría llegar a tiempo de apartarla. Así que hice lo único que pude hacer: grité su nombre y alargué el brazo inútilmente por si un milagro se obraba y conseguía apartarla.

Ella reaccionó en el último segundo y se echó hacia atrás, el coche le pasó a escasos centímetros en su muy tardía frenada. Vi las caras de terror de nuestras dos amigas que habían cruzado con anterioridad y que habían contemplado la escena desde la otra acera, vi a mi amiga con los ojos bien abiertos intentando asimilar lo cerca que había estado de ser atropellada y por último vi el coche que ya había frenado y cuyo conductor era un adulto que rondaría los 40 años y que, con un gesto que quitaba importancia al asunto, soltó un simple "lo siento" sin ningún rastro de culpabilidad o preocupación en su voz. 

Por lo general, soy una persona que suele combatir la ignorancia con inteligencia, los gritos por razonamientos, los insultos por cultismos, sin rebajarme al nivel del que solo se sabe expresar por violencia. Pero también tengo muy mal carácter y, cuando la ira me embarga, dejo atrás toda precaución y actúo sin pensar en las consecuencias. No es algo de lo que esté orgullosa, es más, estoy tratando de cambiar esa faceta mía. Pero aquel día... no me siento orgullosa de lo que hice a continuación, pero dadas las circunstancias, tampoco me arrepiento.

Una vez comprobé que ella se encontraba bien, me giré hacia el coche dispuesta a recordarle ciertas normas básicas de circulación, cuando escuché ese breve "lo siento", con esa voz de superioridad, con ese gesto de mano quitando hierro al asunto, cuando vi en su rostro que no le importaba lo más mínimo haber estado apunto de matar a mi amiga, que le éramos totalmente indiferentes y que lo único que importaba era que no tenía que pagar indemnización... Y me puse como una fiera.

Fui derecha al coche y le grité con todo el aire de mis pulmones: "¡¡¡GILIPOLLAS!!!" mientras éste aceleraba porque el semáforo se había puesto en verde. Me dirigí hacia mis amigas cuando oí un frenazo y descubrí que el coche daba marcha atrás hacia nosotras. Iba a esperarle para preguntarle si había conseguido el carnet de conducir en la feria cuando vi que mis amigas aceleraban el paso para huir hacia otra calle y me reproché a mi misma no haberme dado cuenta de que las estaba poniendo en una situación difícil. Dejé atrás mi orgullo y apreté el paso para llegar a ellas que miraban nerviosas al vehículo que, al ver que nos perdíamos por ahí, aceleró y siguió camino.

Pero la cosa no acabó ahí, mientras yo seguía despotricando hacia su comportamiento, ellas vieron que el coche daba la vuelta a toda la calle para encontrarnos en la salida de la acera por la que caminábamos y que en breves instantes lo tendríamos encima. Yo me asusté, por que temí haber puesto a mis amigas en peligro, y sugerí adentrarnos en el descampado de manera que no pudiera alcanzarnos en coche (de esta manera tendría que bajar para hacernos algo y ellas podrían correr). Así que nos adentramos campo a través y caminamos con naturalidad mientras aguardábamos que el coche se acercara. 

Cuando llegó, frenó a mi lado y me gritó: "¡¿A QUIÉN LLAMAS GILIPOLLAS?!".

Sinceramente, mi cara de asombro debió de ser increíble. Pensé "¿De verdad ha gastado gasolina para preguntarme esto? Debe tener un severo retraso mental". Y le contesté: "¡Obviamente a tí!". La respuesta no pareció gustarle (aunque no entiendo qué esperaría que le contestara) y volvió a gritarme: "¡¡NO TIENES DERECHO A INSULTARME!!!". ¿Derecho? ¡¿DERECHO?! ¡¿Yo no tengo derecho a insultarle pero él sí a saltarse un semáforo en rojo y casi atropellar a mi amiga?! La ira volvió a brotar y le encaré con fuerza: "¡¡CASI LA ATROPELLAS!!" sin creer que tuviera que recordárselo.

La respuesta con la que disipó mis dudas deberían estudiarla de la profunda reflexión y razón que lleva:

"¡PERO LE HE PEDIDO PERDÓN!"

...

Quiero recordar que el hombre en cuestión rondaría los 40 y por lo que parecía tenía hijos.

Bueno, cuando conseguí desbloquear mi mente ante la prodigiosa respuesta del conductor no pude más que decirle (cuando ya se preparaba para irse):

"¡¡¡PÍDELE PERDÓN CUANDO ESTÉ MUERTA!!!".

Este acontecimiento me dejó muy mal sabor de boca. Primero, por el hecho de que en este país si respetas las reglas te pueden pasar cosas así, segundo, porque no me siento nada orgullosa de mi comportamiento ese día ni creo que hiciera bien gritando aquella palabra mal sonante (aunque le defina fielmente), tercero, me olvidé de que no estaba sola y si ese desgraciado hubiera hecho daño a mis amigas por mi mal carácter no me lo perdonaría nunca y, cuarto, no reaccioné a tiempo de apartar a mi amiga de aquel coche infernal aunque vi el peligro de lejos, solo fui capaz de gritar su nombre. 

Si no se hubiese echado hacia atrás...





Firma

Pues aquí os presento mi firma para cerrar con una imagen todas las entradas.




Puede que hable de la imagen que he usado en otra entrada.

 Espero que os guste.


martes, 10 de septiembre de 2013

Sobre mí: Las diferentes caras de aquella que lee en las estrellas.

Veo de mala educación empezad a hablarle a alguien sin presentarse, más si va a contarle los más insólitos secretos de su existencia, así que me presentaré.

Como ya he dicho con anterioridad, soy una Viajera del Viento, un alma libre que viaja por infinidad de mundos, explorándolos y viviendo aventuras.

Pero también soy muchas otras cosas, algunas de ellas os las revelaré llegado el momento.

Creo que quizá la más importante, y la que más os interesará saber, es que soy una chica humana.

Por ello tengo pensamientos, problemas, preocupaciones, intereses y aficiones que tienen muchos otros humanos. Muchas veces escribiré sobre situaciones totalmente rutinarias y comunes, espero que no por ello se conviertan en entradas aburridas, ya que hablaré sobre lo importante para mí o sobre mis sentimientos en un momento dado.

Como Viajera del Viento, habrá veces que os hable de increíbles viajes, historias extrañas y desconcertantes, emocionantes relatos y pensamientos inverosímiles.

Pero, disculpadme, a veces escribiré cosas de difícil comprensión o demasiado abstractas. Esto es consecuencia de tener la mente en las nubes...

En ocasiones, puede que mis pensamientos terrenales y fantásticos se unan, y no os puedo asegurar absolutamente nada sobre lo que podría salir de ahí.

En cuanto a mi profesión, vuelvo a presentar varias facetas:

- Por un lado soy Estudiante, de muchas cosas pero principalmente de Artes.

Es normal que en mi vida como humana me interese por lo más mágico que la humanidad presenta: el Arte y la Cultura. Aunque bien, admiro a cualquiera que empiece a estudiar cualquier tipo de saber, ya que todo conocimiento es útil, interesante y necesario.

- Por otro lado, soy Cazadora de Sueños.

Esto se debe a mi condición de Viajera del Viento Humana. No me resignaré a vivir mi vida trabajando en algo que no me gusta solo para conseguir dinero ya que eso, es esclavizarse.

Y la regla más importante de un Viajero del Viento es ser siempre libre, como el viento.

Por ello, y pese a todas las contraindicaciones provenientes de los que me rodean y no entienden qué es volar con la imaginación, ni creen en la magia (triste existencia, he de decir), lucho día a día por conseguir vivir mi sueño.

Por último aclararé, que la vida de un cazador o de un viajero (más si es ambos), es muy complicada, enrevesada, agitada y, sobretodo, ocupada.

Lo cuál significa, que no voy a ser una escritora constante. Puede que en un mes escriba dos veces a la semana y a la luna siguiente no me volváis a ver leer el pelo. Tened, simplemente, paciencia y esperar mi regreso con un deseo razonable mientras otras cosas ocupan vuestro tiempo.

Para saciar vuestra curiosidad sobre mi persona, os contaré más sobre mí en otras entradas. Pero no esperéis llegar a conocerme por completo, ya que ni yo misma lo he conseguido.

Espero sinceramente que os guste mi trabajo,

Y gracias por leer claro.

lunes, 9 de septiembre de 2013

"Las palabras se las lleva el viento..."

"...Y si uno quiere conservarlas, escribirlas es la mejor opción".

Soy una Viajera del Viento, y como tal, miles de pensamientos vuelan en mi mente, se crean, se destruyen, se transforman... rápidos y efímeros solo los más fuertes son lo suficientemente visibles para atraparlos.

Pero su captura es solo momentánea, porque si no me apresuro a compartirlo, retomará el vuelo para vagar otra vez libre por mi mente.

Por eso he decidido crear un sitio donde pueda plasmarlos y compartirlos, para conservarlos y para que otras mentes puedan conocerlos, pensad acerca de ellos, adoptarlos, criticarlos o lo que su corazón y razón les pida hacer con ellos.

Bienvenido a mi almacén de pensamientos, mi armario de historias, mi bolsa de sentimientos, mis suspiros de viento...

Y recuerda, que para volar solo se necesita imaginación,
 y para ser libre pensamiento.

Buen viaje,

The Wind's Wanderer.